Sue Surkes
7 feb 2026
Golan Rice nunca habría imaginado que un encuentro casual con un pequeño pájaro en el alféizar de una ventana transformaría su vida: de alto funcionario en el ámbito de la seguridad estatal a peregrino sencillo en el Camino de Santiago y cofundador de una nueva ruta de peregrinación hacia Jerusalén.
La ruta, de 111 kilómetros y aún en desarrollo —aunque ya abierta a recorridos guiados— conecta el puerto de Jaffa, en el centro de Israel, con la Puerta de Jaffa, en las murallas de la Ciudad Vieja de Jerusalén.
Está dividida en seis etapas recomendadas, de entre 10 y 26 kilómetros cada una, combinando calles urbanas llenas de vida con la naturaleza y el silencio de las colinas que conducen a la Ciudad Santa. Desde Jaffa, el camino atraviesa Rishon LeZion, Ramle, Latrun, Abu Ghosh y Ein Kerem, hasta llegar a Jerusalén.
Lo que hace única esta ruta no es solo su trazado, sino su esencia: un camino que expone al peregrino —de cualquier fe o incluso sin afiliación religiosa a encuentros humanos auténticos. A lo largo del recorrido, comunidades y personas se han sumado como socios del camino, abriendo sus puertas para compartir historias, generar diálogo y acompañar procesos internos de transformación.
Un momento de revelación
Hoy, con 56 años, Golan, judío, dedicó más de tres décadas al mundo de la seguridad, quince de ellas en El Al. Una mañana gris y lluviosa de marzo, mientras dirigía una reunión, miró por la ventana y vio un pequeño pájaro posado afuera. Ese instante, aparentemente simple, lo sacudió profundamente. Ese mismo día decidió dejar su trabajo y emprender un viaje personal.
“Creo que el pájaro siempre estuvo ahí. Simplemente, esa vez lo vi y lo escuché”, relató.
Ese viaje, tanto físico como interior, lo llevó en dos ocasiones al Camino de Santiago. Allí descubrió algo que cambiaría su forma de ver la vida: la fuerza de los encuentros, la hospitalidad, la energía de las comunidades y la capacidad del camino de sostener a quien atraviesa un proceso personal.
“Durante toda mi vida trabajé en entornos de control y planificación. En el Camino decidí soltarlo todo, incluso el miedo a la incertidumbre”, explicó. “Aprendí tres valores esenciales: humildad, simplicidad y gratitud”.
Su segunda peregrinación, más exigente y solitaria, profundizó aún más esa transformación. “Empiezas a ver lo que antes no veías. Te conmueven las cosas simples. Me permití sentir”.
El encuentro con Yael
De regreso en Israel, Golan retomó el contacto con Yael Tarasiuk, antigua compañera de El Al, quien trabajaba en proyectos sociales en Bat Yam, acompañando procesos de rehabilitación a través del relato personal.
Yael lo ayudó a dar forma a su libro sobre el Camino, mientras ella misma exploraba el poder de las historias como herramienta de transformación. Fue entonces cuando surgió la pregunta que cambiaría todo:
“¿Cómo es posible que haya cientos de miles de peregrinos caminando a Santiago o a Roma, y no exista un camino hacia Jerusalén, un lugar tan significativo para las tres religiones monoteístas?”
Ese momento marcó el inicio de una visión compartida.
Encontrar el camino hacia Jerusalén
Juntos, Golan y Yael comenzaron a desarrollar no solo una ruta física, sino un modelo humano y comunitario. Investigaron antiguas rutas de peregrinación, descubriendo que históricamente existían caminos de hasta 450 kilómetros hacia Jerusalén.
Decidieron comenzar por los últimos 111 kilómetros y, literalmente, tocaron puerta por puerta a lo largo del recorrido, preguntando a las personas si querían formar parte del camino y qué historia deseaban compartir.
Así nació una red viva: autoridades locales, negocios, espacios culturales, lugares sagrados, e incluso personas anónimas —como un vendedor de shawarma en el mercado de Ramle o una artista ultraortodoxa— todos aportando su historia al camino.
“Cada persona quiere contar su historia”, dice Yael.
Hoy, decenas de lugares a lo largo del recorrido abren sus puertas a los peregrinos, ofreciendo no solo un sello en su credencial, sino también conversación, hospitalidad y encuentro.
Un camino con sentido
Inspirado en el Camino de Santiago, el peregrino recibe una credencial al inicio, recoge sellos durante el trayecto y recibe un certificado al llegar a Jerusalén. Pero más allá de la estructura, el corazón del camino es la experiencia humana.
La señalización no está marcada con conchas, sino con una hoja de palma, símbolo compartido por judíos, cristianos y musulmanes.
La ruta atraviesa ciudades mixtas como Jaffa, Ramle, Abu Ghosh y Jerusalén, ofreciendo un mosaico vivo de culturas, religiones y narrativas.
Para ser fiel a su esencia, el camino sigue, en la medida de lo posible, las antiguas sendas recorridas a lo largo de la historia por peregrinos de distintas tradiciones.
Una visión hacia el futuro
Hoy, el proyecto es impulsado por Golan y Yael con recursos propios. Han guiado a cientos de personas y están comenzando a abrir el camino a grupos internacionales.
Su inspiración también proviene de Egeria, una peregrina del siglo IV, cuyo testimonio sigue siendo una fuente de fuerza y sentido.
“Creemos que el Camino a Jerusalén puede cambiar la forma en que nos escuchamos y nos relacionamos”, afirma Yael. “No importa quién sea tu referente espiritual —Moisés, Muhammad o Egeria— caminamos juntos, hacemos lo mismo con el cuerpo, mientras aprendemos a escucharnos con respeto”.

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